La pobreza en Chile

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Profunda mirada académica
La pobreza en Chile

Domingo 20 de enero de 2008

Juan Antonio Muñoz H.

Fue concluido el primero de los tres volúmenes de los Anales del Instituto de Chile dedicados al tema de la pobreza. Catorce monografías, distribuidas en tres secciones, cuya característica común «es el rasgo introductorio y general de este asunto en el país», según explica José Luis Cea, presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

La idea de la comisión editora es dedicar los «Anales» al examen de los principales problemas de la sociedad chilena, pensando en la necesidad de resolverlos en la perspectiva del Bicentenario de la Independencia nacional. «Fuimos así, uno tras otro, recorriendo el pretérito de nuestra trayectoria republicana, constatando el esfuerzo, público y privado, que desde temprano se advirtió por resolver un  dilema tan grave y apremiante. Pero comprobamos también que la pobreza existe y, en sus variados aspectos o manifestaciones, probablemente se ha agudizado», dice Cea.

La comisión editora coincidió en que la pobreza es, al menos, susceptible de ser concebida con el rasgo de voluntaria, es decir, de una decisión personal de asumirla como perfeccionamiento ético, religioso y de solidaridad con el sufrimiento de los indigentes y menesterosos y, además, con el carácter de pobreza socioeconómica, o sea, impuesta e incontrolable por la carencia de los medios indispensables para vivir y convivir dignamente en cuanto ser humano. «De esta última faceta es parte la pobreza sociocultural, cuyas expresiones más notorias son la discriminación en jóvenes, mujeres y personas de la tercera edad, la marginalidad de los migrantes, el  olvido de los enfermos incurables o el desamparo de miles de familias que coexisten en clima de inseguridad por flagelos como la droga, la violencia y la impunidad».

Se decidió entonces invitar a quienes se consideró como los especialistas(*) más prestigiados de Chile, quienes, en las 559 páginas de este tomo, develan los rasgos que ha tenido la pobreza y su desarrollo en la vida de Chile, esperando que el conocimiento exhaustivo de sus múltiples factores y características permita acceder a alternativas de solución.

«Propugnamos mantener la fe en la libertad y en la igualdad, pero apuntamos, directa y enfáticamente, a la vigencia del principio de solidaridad, tan olvidado y sin el cual la democracia contemporánea  nunca llegará a ser cabal», escribe Cea.

El Mercurio ofrece aquí un viaje por algunos de los conceptos vertidos por los especialistas al revisar la expansión de la pobreza desde siglo XVI hasta nuestros días. Un cuadro de múltiples rostros, que documenta cómo la sociedad se ha ocupado y preocupado del problema. Desde la política al arte, traspasados por una herida que no se cierra.En el Chile Indiano pobres, rústicos, huérfanos, viudas, enfermos y ancianos se contaban entre las personas particularmente favorecidas por la corona en razón de sus carencias, particularmente a la hora de combatir judicialmente con otros que se encontraban en mejor situación económica y de influencias.

El concepto de miserable fue frecuentemente extendido o acotado por los autores, en cuanto a las personas que abarcaba, toda vez que, como se ha visto, no existía una definición precisa al respecto. Por ejemplo, en lo tocante a viudas, algunos autores consideraron tales a las que, aunque no hubiesen estado casadas, tuviesen una edad superior a los cincuenta años. En general, eran considerados miserables los ya mencionados, aunque, en definitiva, la determinación de la calidad de la persona miserable quedó entregada al criterio del juez, según nos lo recuerda Juan de Solórzano y Pereira. Pero, sin duda, una de las materias en que más fuerza se hizo a su conceptualización fue la de haber incluido en ella a los indios del común.

Casa de Recogidas

A consecuencia de una solicitud de la Real Audiencia, de 1704, el monarca autorizó, el 10 deseptiembre de 1707, la fábrica, esto es, la edificación, de una casa para recoger a las ‘mujeres de mal vivir’.

Sólo comenzó a funcionar la Casa de Recogidas de Santiago en enero de 1734, disponiéndose para su sustento dos mil pesos que se sacarían del ramo de balanza. Quedó ubicada aledaña al cerro Santa Lucía, en un  sitio cedido por el cabildo de Santiago, en el lugar que hoy ocupa la  Plaza Vicuña Mackenna, lo que hacía que frecuentemente huyeran las  asiladas o recibieran la visita de algún pretendiente a través del referido promontorio.

Huachos

Diversos factores contribuyeron a la proliferación de niños vagos en las ciudades y villorrios de Chile. Por una parte, la Guerra de Arauco dejó muchos huérfanos de padres al haber éstos fallecido en la lucha con los indígenas. Por otra parte, tras el Desastre de Curalaba de fines del siglo XVI, quedó un número no despreciable de huérfanos que fueron rescatados desde las tierras caídas en manos mapuches. A lo  anterior, hay que agregar el mestizaje, que produjo números importantes de hijos de uniones ilegítimas y ocasionales entre españoles e indias.

Los frutos de estas uniones no pertenecían propiamente ni al grupo indígena ni al español, siendo mirados con desconfianza por ambos sectores, lo que daba pie para su vagabundaje.  Estos «mestizos de segundo orden», como alguna vez se los denominó,  daban origen, a su vez, a nuevos hijos «huachos» que quedaban diseminados por las extensiones del reino, sin familia a la que adherirse establemente.

Casa de Huérfanos

El tan necesitado asilo de huérfanos recibió, en 1758, el empuje  tesonero de Juan Nicolás de Aguirre, marqués de Montepío, quien donó al efecto la manzana comprendida entre las calles de las Agustinas, de la Moneda Vieja (Huérfanos), de las Cenizas (San Martín) y del Baratillo (Tucapel Jiménez, ex Manuel Rodríguez). El objeto de la institución era el albergue de pobres, expósitos y «mujeres arrepentidas», no obstante ser su denominación la de Casa de Huérfanos.

Montepíos

El sistema de montepíos se inició para favorecer a las viudas, huérfanos y madres viudas de los oficiales militares. Establecido con altibajos desde 1728, se consolidó mediante real declaración de 17 de junio de 1773.

Los pobres no son ciudadanos

En 1852, en una carta escrita desde la Cárcel Pública de Santiago por Santiago Árcos a Francisco Bilbao, se expresaba cómo las diferencias entre ricos y pobres habían marcado y marcarían la trayectoria chilena en lo que quedaba del siglo:

«Lo que mantiene al país es la triste condición en lo que vemos, es la condición del pueblo, la pobreza y la degradación de las nueve décimas partes de nuestra población… Basta salir a la calle para ver dos castas divididas por barreras difíciles de sobrepasar.

Todo lo demuestra así: las vestimentas, los saludos, las miradas. El país está dividido entre ricos y pobres. En Chile, ser pobre no es un accidente, es una condición. Los pobres no son ciudadanos. Los pobres no tienen partidos. Ellos no son pipiolos o pelucones, ellos son simplemente  pobres… Sin embargo, la clase pobre en Chile, degradada por la miseria, mantenida en la ignorancia y el respeto, manipulada por los sacerdotes, los ricos, es mucho más inteligente de lo que se quiere  suponer».

El voto

Después del proceso emancipador, los líderes republicanos se dieron cuenta que al momento de otorgar el derecho a voto los pobres eran numéricamente más que los miembros de los grupos acomodados y que podían votar en función de sus intereses, lo que perjudicaba las  reglas de propiedad que terminaban por marginarlos del bienestar. Bajo esta óptica, estaba claro que sólo podían votar aquellos que tenían propiedad y riqueza. Eso explica el denominado voto censitario, plasmado en la Constitución de 1833, que dividía formalmente a los hombres en dos categorías: los propiamente ciudadanos, que eran quienes tenían derechos políticos y civiles, y el resto de los habitantes, la gran mayoría, que sólo tenían derechos civiles.

El rancho y las ciudades

Avanzado el siglo XVIII, sólo unas pocas localidades podían ser catalogadas como tales, como era el caso de Santiago, Concepción y Valparaíso (…) De hecho, el que la pobreza fuese percibida cómo un fenómeno generalizado tenía su asidero no sólo en la realidad cotidiana de las áreas rurales, sino en la imagen de precariedad que proyectaban las ciudades.

La inglesa María Graham indicaba que, en un rancho de una familia pobre del puerto, dormían once habitantes, «incluso dos mellizos de corta edad, sin padre ni nombre, vivienda en la que por lo demás no existía cocina, así que los alimentos debían prepararse a la intemperie. La única posesión atesorada eran dos baúles de cuero».

Mujeres: inmorales y frágiles

La supuesta maldad de esas mujeres adquirió rangos intolerables por la forma de vida que llevaban en espacios populares como chinganas y  pulperías, donde la libertad cobraba una dimensión atractiva no sólo para los clientes, sino también para sus dueñas.

Era tal la situación de libertad, o libertinaje dentro del concepto de gobernadores, alcaldes y corregidores, lo que provocaba la ‘embriaguez con la que hacen gravísimas ofensas a Dios Nuestro Señor toda la noche’, a causa de su fragilidad y ninguna vergüenza por ser éstas de baja esfera y regularmente bebedoras. Por ende, las mujeres que trabajaban en las ciudades en el comercio de alimentos y alcohol a baja escala, las conocidas pulperías, terminaban siendo asociadas con desórdenes, escándalos, inmoralidades, crímenes, relaciones ilícitas, pecados y sexo desenfrenado.

Razones para no casarse

Una muestra recogida por una investigación basada en la revisión de fondos del archivo del Arzobispado de Santiago para mediados del siglo XIX, relativa a las solicitudes de dispensa, grados de consanguinidad y afinidad, permitía apreciar que gran parte de las motivaciones para no contraer matrimonio respondían a criterios económicos (pobreza de la novia, de ambos contrayentes, orfandad de la novia, pobreza de los padres de los contrayentes), sociales (pérdida del honor de la novia, peligro de incontinencia) y escasamente afectivos (mutuo amor).

Infanticidios

En escenarios marcados por las carencias materiales y el hacinamiento (en muchas viviendas aparte de la familia nuclear solían vivir los hijos casados, parientes y hasta allegados), el nacimiento de hijos no previstos constituía un desorden dentro de las escasas finanzas del  grupo familiar. Tal situación hizo posible que el infanticidio se generalizara, pues si bien los menores podían en algún momento  contribuir al hogar, el aumento de su número creaba más problemas que soluciones, en particular para mujeres pobres y solteras.

Dado que eran las mujeres quienes terminaban llevando las riendas de la manutención de la casa, ya fuese por la ausencia estacional del marido, por su abandono de responsabilidades (debido al alcohol o el  juego) o simplemente por su alejamiento definitivo del hogar, no fue extraño que las necesidades más apremiantes de alimentación y vestuario estuviesen en más de una ocasión antepuestas al cuidado de todos los hijos.

1875-1920: cambio notable y éxodo campo-ciudad

En 1875, la población de Chile ascendía a un total de dos millones 76  mil personas. La población urbana, de 423 mil 432 personas -considerando, en general, únicamente a los pueblos de más de mil habitantes- representaba sólo el 20,39% del total. Chile era, pues, un país predominantemente rural. En 1920, en cambio, el panorama ofrece un cambio notable: de su población de tres millones 785 mil, un millón 366 mil personas vivían en centros urbanos, considerando sólo a los superiores a mil habitantes. En otras palabras, ya el 36% de la  población era urbana.

(…)La explicación de este crecimiento reside en el hecho de que enormes masas de población rural, que antes estaban distribuidas en el interior de los predios agrícolas o que vivían en los pequeños  villorrios de la zona central o del Norte Chico, emigraron a ciudades  intermedias, o directamente, a las grandes urbes.

Los suburbios según Vicuña Mackenna

Son a este respecto muy esclarecedores los conocidos juicios que Benjamín Vicuña Mackenna, como Intendente de Santiago, estampó acerca de los suburbios de la capital. Al calificar a esas barriadas como «aduar africano», subrayó la existencia de dos ciudades: una, civilizada, donde habitaban las personas respetables, bien vestidas y cultas, y otra, bárbara, donde se hacinaban los pobres en medio de la suciedad, de la falta de los servicios más esenciales, de la inseguridad y de los vicios.

Los pobres y las prácticas de segregación residencial

«(…) Desde 1870 en adelante es claramente perceptible la segregación residencial, producto de la construcción de barrios de calidad homogénea para los sectores pudientes de Santiago y Valparaíso.»

Conventillos

Pero la valorización del suelo urbano le dio impulso al negocio de arrendamiento de habitaciones populares, lo cual desplazó al rancho por los cuartos redondos y los conventillos.

En rigor, el concepto de conventillo era más amplio, como lo entendía el reglamento de 1899 sobre la materia. Para éste, el conventillo era «la propiedad destinada a arrendamiento por piezas o por secciones a la gente proletaria, y que en varias piezas o cuerpos de edificios arrendados a distintas personas tengan patio o zaguán en común». Era común la conversión de casas viejas en conventillos con el simple expediente de arrendar sus piezas a diversas familias, «(…) en el negocio de los conventillos tuvieron injerencia desde instituciones eclesiásticas hasta conocidos políticos y hombres de negocios».

La Iglesia Católica y los pobres

En los decenios finales del siglo XIX, precisamente cuando estaba surgiendo la Cuestión Social, la Iglesia Católica se enfrentó con el gobierno en las llamadas «luchas teológicas». (…) Entre 1890 y 1920, y con el marco conceptual de la encíclica «Rerum Novarum», del Papa  León XIII, emergieron con fuerza conceptos como justicia social y se  aceptó la existencia de obligaciones sociales del Estado y la legitimidad de las asociaciones obreras.

Juana Ross y las casas dignas

En 1898 se inauguró, por iniciativa de Juana Ross de Edwards, un edificio de tres pisos en el cerro Cordillera, debidamente acondicionado, con 54 departamentos de dos y tres piezas, dotados de baños interiores, que se entregó, por módicas rentas de arrendamiento, a los obreros.

La Caja de Crédito Hipotecario, durante la presidencia de Luis Barros Borgoño, había edificado en el sector formado por las calles Franklin, Placer, Huemul y la prolongación de Lord Cochrane un conjunto de casas económicas e higiénicas, cuya primera sección se inauguró oficialmente en agosto de 1913. Se consultaba para la Población Huemul el servicio de alcantarillado, el abastecimiento de agua potable y la luz eléctrica, y cada casa tenía un «excusado de patente» y «un baño de lluvia», y en la cocina un fogón con campana de fierro, lavaplatos con llave de agua, desgrasador y desagüe.

Crisis económica

La conjunción de los quiebres políticos, económicos y sociales marcaron una profunda huella en la vida chilena. Estas nuevas políticas se vieron favorecidas y acrecentadas con las crisis  económicas de 1931 y 1932, que arruinaron la prosperidad basada en la explotación y exportación del salitre, lo que trajo aparejado un empobrecimiento del país desconocido hasta entonces.

Poblaciones callampas

En el problema de las viviendas, el Estado optó desde 1925 por defender a los arrendatarios de los propietarios, con el resultado de desincentivar la inversión inmobiliaria residencial privada. Esta nueva situación generó, a partir de los años treinta, un tremendo problema por falta de habitaciones populares.

Este fenómeno posibilitó la proliferación de infinidad de poblaciones callampas que, como lo indica su nombre, surgían de la noche a la mañana como respuesta popular espontánea.

Aumento de la población

Entre 1920 y 1952, la población creció en 59%. Si se compara los censos de 1920 y 1960, el crecimiento alcanzó el 98%, es decir, una duplicación en cuarenta años. Este aumento de la población se vincula con la esperanza de vida al nacer, que se había elevado notoriamente hacia el año 1960, llegando a 54,4 años para los hombres y 59,9 años para las mujeres. También la mortalidad infantil había disminuido de 26,6% de los nacidos vivos en 1920 a 12,5% en 1954.

Revolución cristiana

Resalta, al promediar el siglo, la actividad publicitaria de los sacerdotes jesuitas a través de la Revista Mensaje (fundada por el Padre Alberto Hurtado, creador también del Hogar de Cristo, en 1944). Si bien su postura tenía una larga tradición en el seno de la Iglesia Católica, fue el triunfo de la Revolución Cubana (1959) y su posterior adhesión a la doctrina marxista lo que gatilló su llamado a llevar a cabo «la revolución cristiana».

Fue, por lo tanto, una postura  reactiva en cuanto ideología revolucionaria, que fue lo novedoso, ya que la inquietud por la acción social era de antigua data. Ella se basó, principalmente, en una concepción ideológica que se traduce claramente en el empleo recurrente de la expresión «el hombre» o «el pobre», términos abstractos y reiterados sin excepción a los largo de las publicaciones reseñadas.

«(…) La mirada de los jesuitas está marcada por un carácter entre  risueño y alegre, que se solaza en los planteamientos efectuados, transmitiéndonos la idea de que ya está todo dispuesto y que, lo único que falta, es realizar su revolución para que, al instante, los pobres superen su condición de tales y se liberen de las ataduras estructurales que los mantienen sujetos al dominio oprobioso de los ricos.»

Reforma agraria

Es importante recordar que antes de 1970 se implementó una reforma  agraria. A partir de 1973, se asigna en propiedad la tierra expropiada y entregan títulos de dominio. Posteriormente, se llevaron a cabo programas de asistencia técnica a sectores rurales.

Gobierno militar

La estrategia del gobierno militar en relación al tema de la pobreza  tuvo dos fundamentos principales: la subsidiariedad y la focalización.

Por una parte, se abrieron las posibilidades para el ejercicio de la responsabilidad individual, y por otra, se aplicaron los recursos financieros a los sectores efectivamente pobres. De esta forma, se posibilitó el enriquecimiento del capital humano haciendo posible el acceso a niveles de ingresos superiores. Asimismo, mayores niveles de ahorro e inversión abrieron los espacios para mayores niveles de empleo, lo cual generó oferta y remuneraciones más altas que también colaboraron a reducir los niveles de pobreza.

Mapa de Extrema Pobreza

«(…) Se elabora el primer Mapa de la Extrema Pobreza (elaborado por la Pontificia Universidad Católica en 1975, basado en el censo de 1970). Este mostró que en 1970 un 21% de la población (cerca de 1,9 millones de personas) vivía en condiciones de extrema miseria.

El 43% de los niños en esa condición no asistía a la escuela; la mayoría de los jefes de hogar en extrema pobreza no tenían empleo formal; el 50% era menor de 16 años; la extrema pobreza se concentraba, principalmente, en el sector urbano (68%); a principios del 70 había una elevada tasa de mortalidad infantil; el nivel promedio de escolaridad era de sólo 4,5 años; la situación de las viviendas era precaria y la cobertura de agua potable sólo alcanzaba el 34%».

Si se compara la tasa de mortalidad infantil por cada 1.000 nacidos vivos en los principales países latinoamericanos en 1970, se aprecia que Chile presentaba una de las mayores tasas de mortalidad infantil, con casi 80 por cada mil nacidos vivos, mientras que en Argentina, Costa Rica, Uruguay, Venezuela, Cuba, esta tasa estaba entre 40 y 60 por cada mil nacidos vivos.

Las AFP

«El inicio en 1981 de las AFP y su posterior desarrollo ha hecho posible, además de elevar la tasa de ahorro, la realización de innumerables proyectos que han permitido alcanzar tasas de crecimiento más elevadas y con ello colaborar en la reducción de la pobreza».

Evolución y caracterización

De acuerdo con la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Casen) realizada en 2006, la pobreza disminuyó entre 1990 y 2006 de 38,6% a 13,7%, correspondiendo a la indigencia una disminución de 13%  a 3,2% y a la población pobre no indigente de 25,6% a 10,5%.

En relación con la distribución de la pobreza entre zona rural y urbana, la evidencia histórica nos confirmaba que la pobreza rural era mayor que la urbana y que la brecha podría ser creciente. Esto fue válido hasta 1996, sin embargo, la última encuesta Casen nos indica que la reducción de la indigencia y pobreza fue mayor en las zonas rurales que urbanas.

La jefatura femenina del hogar es un indicador importante de pobreza, su evolución es notable, especialmente la registrada en 2006 que, en el caso de indigencia, llega al 44,4%, siendo que en 1995 era de 25,1% y en 1990 de 22,4%. Esto está demostrando que la pobreza más resistente y difícil de superar es aquella que se da cuando el hogar es de responsabilidad exclusivamente femenina.

(*)Autores: Antonio Dougnac, Academia Chilena de la Historia; Marco Antonio León, Universidad Arcis; Fernando Silva Vargas, Academia Chilena de la Historia; Adolfo Ibáñez Santa María, Academia Chilena de la Historia; Carlos Cáceres Contreras, Academia Chilena de Ciencias Sociales; Sergio Molina Silva, Academia Chilena de Ciencias Sociales; Juan Antonio Massone, Academia Chilena de la Lengua; Alejandro  Sieveking Campano, Academia Chilena de Bellas Artes; Regina Claro Tocornal, Academia Chilena de la Historia; Luis Merino Montero,  Academia Chilena de Bellas Artes, y Silvio Caiozzi, Academia Chilena  de Bellas Artes.